resulta que yo todo jodido porque la mujer de hombro sonriente que carga un estuche azul de violín ese jueves con los ojos humedecidos me dijo: “en estos momentos prefiero arreglar las cosas a solas”, frase que signifiqué de dos maneras, primero: ahora no necesito a ningún pendejo a mi lado y la otra: mejor en otro tiempo y será con más ganas. los dos pensamientos eran figuras en contraste, pero me dejaban igual de fregado: sólo, triste, con un chingo de saliva reposada en la lengua y el corazón ardiendo en la esquina de la mierda. pero no es eso lo que quiero contarles, ya habrá tiempo para llorarlo con más detalles. lo que intento decirles es que esa noche dispuesto a caminar más de treinta cuadras y así paso a paso ir reciclando del hábitat natural de la ciudad algunos trozos de calle , retazos de gente , perros cortejando basura, borrachos con braguetas ingenuas, vagabundos apostando la vida, muertes en autos de lujo, tenis suicidados en los cables, asfaltos untados con chicles, semáforos violados, focos a media luz, afligidas madres, excitadas novias, distraídos policías -tanto actor y escena que uno puede ver sin pagar cover en este filme cotidiano-, taxis, cristales, taquerías, homosexuales, niños, gatos, banquetas, tuercas, escupe, polvo, sombra, recuerdos, performance, teatro, fanzine, sus manos, sus besos, su risa, sus dieciséis años, un algo que me diera motivos para llegando a mi casa escribir un poema que hablara de ella, uno de esos que duelen, que hacen que la voz tiemble al pronunciar la palabra y las manos se encrespen como queriendo tocar algo que ya no está; que hacen que el alma cague morado y el orín se escape de golpe por los ojos. esa vez tenía la intención de no dormir, de brindarle mi insomnio, de guardar mis pesadillas para la noche siguiente. pensaba tomar el cuaderno, ese que sólo le faltaba espacio para un poema, precisamente para el de ella. escribirlo sin borrar nada, sin rebuscar sinónimos ni depurar las frases; que saliera de ahí, de la esquina más honesta, de la niñez que me queda; que dijera lo que a veces no pueden expresar mis manos, ni mi cabeza, ni mi vista, ni esta pinche garganta. quería abrir la ventana y recitárselo; gritárselo a la luna como si fuera ella, como si jugara dentro de su vientre: chiquita, colérica y con mierda en la cabeza. pretendía recostarme en ese sofá donde algún día estuvo y entre dientes dijo que el amor vendría a rompernos la madre. quería decirle que esto es así, que la vida, el sistema y el amor duelen hasta el culo. que nadie no tiene la culpa. que es el calor quien nos deja los ojos vacíos. que es la velocidad de los autos quien nos rasguña, muerde y revuelca. que nadie tiene la culpa. que la ciudad es un niño homicida que despierta. que la urbanidad se volvió jaula del resentimiento social. que nadie tiene la culpa. que es ese sonido a ultraje que se mezcla con mudez. que la libido se ahoga en fétidas alcantarillas. que es esa gargajo que aventamos al aire y nos está cayendo en el rostro. que no quería que llorara. que es el plástico , el ruido, la electricidad. que son estos días de tráfico, de guerra y de miedo. que sólo quiero que ría. que nadie tiene la culpa. que ella no tiene la culpa. pero, resulta que esa intención no llegó a concretarse, caminar se me hizo pesado. entonces desenfundé trescincuenta, tome la ruta veinte, llegué a mi casa y en lugar de poema empecé a escribir esta pendejada en el espacio que le quedaba al cuaderno.